Volar en libre
Ayer fui a volar. Mientras esperaba las condiciones adecuadas fue llegando gente. Saludos, comentarios, bromas… Preparamos los equipos y empezamos a despegar. Cuando llega mi turno me doy cuenta que el GPS no tiene batería. Ups! Bueno, no pasa nada – pienso. Despego y noto algo extraño: no hay ruido. El “bip-bip” del vario ha dejado su lugar al silbido de los cordinos y nada más. Poco a poco me fueron llegando recuerdos de mis primeros vuelos. Tardes de ladera en la playa de Santa Pola con eternos vuelos de 30 minutos. Sólo tú, tu parapente y el silencio…
Como la tarde tenia potencial pensé en girar alguna térmica a pelo. Por suerte había suficiente condensación y las térmicas iban dejando penachos blancos sobre ellas. Era como un latir de pequeños cúmulos. Me dirijo hacia uno de ellos y empiezo a notar los movimientos en la vela. Repito la pasada y allí está, localizo la primera térmica y empiezo a girarla… la pierdo. Bueno, a la próxima. Repito la operación y se repite el ciclo. Poco a poco se va despertando en mi es instinto, esa sensibilidad que te hace cosquillas en el estómago. Algo como un variómetro natural. Pienso: Ahora llego hasta el techo. A cada cosquilleo estomacal le seguia un giro en busca de una térmica que no tardaba en perder. Pensé en ajustar mejor el vario, pero mi estómago no tiene botones.
Después de un buen rato de plácido pero infructuoso vuelo llegué a una conclusión: ese cosquilleo que sentía en el estómago no era un vario natural, sólo significaba que no habia merendado. Así que me dirigí al despegue y después de recoger sacié mi hambre con un buen plato combinado.


